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RENATO LECHUGA GARCIA
PLANIFICADOR ESTRATEGICO TERRITORIAL
Los Hijos de Asentamientos
Una generación se forma entre lápices y balas. Estos son los esfuerzos que se hacen en escuelas en el corazón de dos asentamientos.
RENATO LECHUGA GARCIA
PLANIFICADOR ESTRATEGICO TERRITORIAL
Los Hijos de Asentamientos
Una generación se forma entre lápices y balas. Estos son los esfuerzos que se hacen en escuelas en el corazón de dos asentamientos.
Por: Mirja Valdés
Amanece y anochece y allí todo sigue igual. En un asentamiento, donde hay una escuela para más de 5 mil niños y un parque donde nadie juega porque los peligros acechan. De alimentos, mejor ni hablar. ¿Qué guatemalteco se está formando allí, adentro de los asentamientos?
Es un día cualquiera en la colonia Kennedy y sus alrededores en la zona 18. Gente va y viene por el improvisado mercado en una de las calles. Buses, mototaxis y peatones. Es miércoles y son las 10:00 de la mañana.
La cotidianeidad se interrumpe cuando dos agentes de la Policía Nacional Civil (PNC) corren de una esquina a otra. “Es un secuestro, parece”, dice uno. Calle arriba la confusión es total, policías y soldados corren con su arma desenfundada. Una mujer de pantalón negro, blusa café y sandalias también corre con un arma en la mano. “¡Muévanse, muévanse!”, grita a los curiosos que caminan por el área. En una esquina se topa con un inspector de la PNC y quedan frente a frente apuntándose con sus armas. “¡Soy Dinc, soy Dinc!”, grita ella y se identifica con su placa. “¿Por qué no dijeron que estaban aquí?”, inquiere el inspector. No hay tiempo para explicaciones, la búsqueda continúa calles abajo por los estrechos corredores recién cementados del asentamiento, algunos curiosos –niños sobre todo –siguen el recorrido de los PNC.
Otros se recogen en sus casas, covachas de lámina. Se escuchan tres disparos y un grito “¡allá va!”, apunta con su arma un agente. El objetivo es un hombre que corre tan rápido como sus piernas se lo permiten. Corre hasta perderse en el laberinto de los callejones de Lomas de Santa Faz. Los policías irrumpen en algunas de esas viviendas, dándole vuelta a las pocas pertenencias de algunas de esas familias en busca de ese hombre que se les escapó, un extorsionista. Era una operación encubierta de la División de Investigaciones Criminológicas (Dinc).
elPeriódico se convirtió ese miércoles en uno de esos cientos de espectadores, que desde su puerta o ventana observan redadas o persecuciones. Asaltos como el del lunes a una tienda, les resultan “menos relevantes”.
Lugares como Lomas de Santa Faz retratan la pobreza urbana, y todo parece tan obvio al decir que son familias pobres y que muchas de ellas viven por debajo de esa línea de un dólar diario. La ironía es que todo allí es más caro; un garrafón de agua llega a costar hasta Q19 y un pan casi Q1.
Pero, quién se pregunta qué clase de ciudadanos se está formando en esos lugares, entre la violencia y la desnutrición. ¿Qué productividad se les puede exigir a esos futuros trabajadores? A ellos que les cuesta escuchar y seguir instrucciones, secuelas de la desnutrición. Una mirada a centros educativos que funcionan dentro de la comunidad ofrece algunas respuestas de lo que saldrá, y que ya está saliendo de allí.
Con ojos de niño
Con ojos de niño
Lo que ocurrió esa mañana de miércoles en Lomas de Santa Faz describe la realidad de los habitantes de los 89 asentamientos humanos en la ciudad en terrenos del Estado; en toda el área metropolitana existen 168, unos 28 mil 684 habitantes. Sin contar asentamientos en terrenos municipales.
Pero el mejor retrato de cómo se vive allí adentro lo presentaron ocho alumnos del colegio del Proyecto de Cooperación Educativa y de Desarrollo Integral (Procedi), escolares de 9 a 12 años. “Un día me llamaron para mostrarme algo que habían practicado, una obra de teatro, dijeron. Quedé muy sorprendida con su iniciativa e idea tan original”, cuenta Angélica Mazariegos, la psicóloga del establecimiento.
La historia es la de un padre alcohólico que maltrata a su esposa y siete hijos, que nunca da gasto y los levanta de madrugada (de la única cama que poseen, como en la vida real) cuando llega ebrio. Un muchachito de diez años representó a ese hombre que hasta vendía los pocos bienes que tenían para mantener su adicción al alcohol. Su actuación era muy convincente. Mientras, el público, sus mismos compañeros de clase, también se proyectaban con sus comentarios. “No está bolo, está drogado”; “trabaja de robar”; “después de hacer relajo se queda dormido”. Es su realidad.
Pero el mejor retrato de cómo se vive allí adentro lo presentaron ocho alumnos del colegio del Proyecto de Cooperación Educativa y de Desarrollo Integral (Procedi), escolares de 9 a 12 años. “Un día me llamaron para mostrarme algo que habían practicado, una obra de teatro, dijeron. Quedé muy sorprendida con su iniciativa e idea tan original”, cuenta Angélica Mazariegos, la psicóloga del establecimiento.
La historia es la de un padre alcohólico que maltrata a su esposa y siete hijos, que nunca da gasto y los levanta de madrugada (de la única cama que poseen, como en la vida real) cuando llega ebrio. Un muchachito de diez años representó a ese hombre que hasta vendía los pocos bienes que tenían para mantener su adicción al alcohol. Su actuación era muy convincente. Mientras, el público, sus mismos compañeros de clase, también se proyectaban con sus comentarios. “No está bolo, está drogado”; “trabaja de robar”; “después de hacer relajo se queda dormido”. Es su realidad.
La psicóloga busca entre sus archivos el dibujo de un niño de nueve años que él mismo tituló “Masacre”. Representa una masacre: personas ahorcadas, baleados y heridos con arma blanca. Todo en rojo y negro. Días antes había presenciado una balacera y corrió a ver a los muertos.
A estos niños les cuesta sonreír, no digamos cantar y bailar. Sus juegos, o más bien, remedos de lo que ven, alguien que dispara o acuchilla, observa en los recreos Miriam Juárez, la psicóloga de la única escuela pública que funciona en todo el asentamiento para los más de 5 mil niños. Existen cuatro colegios en los alrededores, pero la mayoría de las 1,100 familias del asentamiento no pueden pagar Q200 de colegiatura.
A la jornada matutina asisten 328 niños. En marzo de este año la psicóloga realizó algunas pruebas a niños de primer grado para medir su coeficiente intelectual (CI): de 90 niños la mitad está en el límite de lo normal, un 15 por ciento en el nivel superior. Su preocupación está en el 30 por ciento de fronterizos y un cinco por ciento con deficiencia mental. “Es resultado de la desnutrición, pero no de ahora sino la que padecieron sus madres durante el embarazo y en sus primeros años de vida”, explica Lucrecia de Palomo, directora de la Asociación para el Desarrollo de las Comunidades Guatemaltecas (Adecogua), la misma organización que paga el trabajo de Juárez en la escuela. De Palomo se desempeñó como diputada por el FRG y se especializó en temas educativos.
Son chicos que no saben escuchar ni seguir instrucciones. Qué productividad se les puede exigir ahora o cuando crezcan y se integren al mercado laboral, se pregunta la directora de Adecogua. “Sabemos que el CI no es estático, que puede evolucionar, para ello debe mejorar su nutrición y aplicar nuevas metodologías pedagógicas. Hacia allí vamos”, dice. Además del proyecto donde sirven un plato de comida a niños, trabajan con los docentes. “Es un proceso de cuatro años donde en el primero, se resiste el docente, ‘qué bonito, pero aquí no funciona’, dice. En el segundo ya duda, ‘puede ser’. Al tercero lo intentan y en el cuarto año lo emplea y le gusta”. Este es el primer año, y sí, los docentes no hacen sino hablar de sus carencias y de lo que significa dar clases con miedo.
A estos niños les cuesta sonreír, no digamos cantar y bailar. Sus juegos, o más bien, remedos de lo que ven, alguien que dispara o acuchilla, observa en los recreos Miriam Juárez, la psicóloga de la única escuela pública que funciona en todo el asentamiento para los más de 5 mil niños. Existen cuatro colegios en los alrededores, pero la mayoría de las 1,100 familias del asentamiento no pueden pagar Q200 de colegiatura.
A la jornada matutina asisten 328 niños. En marzo de este año la psicóloga realizó algunas pruebas a niños de primer grado para medir su coeficiente intelectual (CI): de 90 niños la mitad está en el límite de lo normal, un 15 por ciento en el nivel superior. Su preocupación está en el 30 por ciento de fronterizos y un cinco por ciento con deficiencia mental. “Es resultado de la desnutrición, pero no de ahora sino la que padecieron sus madres durante el embarazo y en sus primeros años de vida”, explica Lucrecia de Palomo, directora de la Asociación para el Desarrollo de las Comunidades Guatemaltecas (Adecogua), la misma organización que paga el trabajo de Juárez en la escuela. De Palomo se desempeñó como diputada por el FRG y se especializó en temas educativos.
Son chicos que no saben escuchar ni seguir instrucciones. Qué productividad se les puede exigir ahora o cuando crezcan y se integren al mercado laboral, se pregunta la directora de Adecogua. “Sabemos que el CI no es estático, que puede evolucionar, para ello debe mejorar su nutrición y aplicar nuevas metodologías pedagógicas. Hacia allí vamos”, dice. Además del proyecto donde sirven un plato de comida a niños, trabajan con los docentes. “Es un proceso de cuatro años donde en el primero, se resiste el docente, ‘qué bonito, pero aquí no funciona’, dice. En el segundo ya duda, ‘puede ser’. Al tercero lo intentan y en el cuarto año lo emplea y le gusta”. Este es el primer año, y sí, los docentes no hacen sino hablar de sus carencias y de lo que significa dar clases con miedo.
En Procedi, el colegio de los ocho niños actores, camina en la misma dirección desde hace ocho años, aunque no han medido sus resultados, perciben mejoras en el aula. Tienen niños con un mejor rendimiento, que ríen y que ven a futuro.
Su hogar, la escuela
La presencia del Estado es casi nula, la escuela pública que trabaja en dos jornadas (preprimaria solo por la tarde), el centro de salud en San Rafael y una clínica periférica en el Paraíso II. Comparte espacio con una sede de Médicos Sin Fronteras dedicada a víctimas de violencia sexual. Funciona desde febrero de 2007. “Ha sido difícil lograr su confianza –son en extremo desconfiados-, sin embargo, desde enero atendemos entre cuatro y cinco casos al mes de víctimas de violencia sexual. El agresor casi siempre es alguien de la familia”, asegura Fabio Forgione, coordinador general de Médicos sin Fronteras.
Los niños remedan la violencia sexual en sus juegos. Lo observan en sus hogares y en la calle, Cepredi y Adecogua se esfuerzan por alejarlos de su realidad reteniéndolos por más horas en la escuela. De Palomo lleva esta idea en mente desde que fue gobernadora del departamento, y descubrió el perfil de la típica familia en áreas marginales. “Madres que trabajan todo el día, padres alcohólicos sin mucho interés por conseguir un empleo e hijos en la calle todo el día, igual a nuevos pandilleros”, captó entonces, y ahora en Lomas de Santa Faz. En la celebración del Día del Padre, son pocos los agasajados en escuelas como esta.
El programa de tutorías de Adecogua consiste en absorber a niños de primero a tercero primaria que podrían repetir el grado. Los refuerzan en la parte académica y les sirven desayuno, almuerzo y refacción, según la jornada que estudien. Procedi tiene la misma idea, pero la aplica a toda su población, 70 niños en primaria. Pocos, pero bien atendidos, dice Flor de María De León Santizo, directora de Procedi. Desayunan, asisten a clases, almuerzan, hacen sus tareas y a las 3:00 de la tarde se van. “Los feriados largos no les gustan porque les significa no comer, ni tener un lugar digno y seguro para estar”. Son felices, se expresan como en la obra de los ocho niños.
Ha sido un proceso lograrlo. “Al principio entregábamos víveres, pero descubrimos que vendían una parte y la otra se diluía en alimentar al resto de la familia, una muy numerosa por cierto. Hasta de más de diez miembros. “Pensamos enfocarnos en nuestros escolares, en servirles desayuno y almuerzo. Ya no tenemos mocositos (ríe)”, porque casi siempre estaban enfermos.
Fue un comienzo difícil esos primeros tiempos de comida servidos en el aula, porque algunos vomitaron en lo que sus estómagos se acostumbraban a tener alimento por la mañanas y otros iban con más frecuencia al baño. “Ahora vemos que nuestros pequeños ponen atención, ríen y sueñan, van más allá de su entorno”. En ocho años de trabajo ya tienen 30 adolescentes becados en secundaria, 12 en diversificado y hasta una universitaria. Procedi funciona con aportes de padrinos de Alemania quienes patrocinan ese plato de comida y el pago del docente que los educa.
Fue un comienzo difícil esos primeros tiempos de comida servidos en el aula, porque algunos vomitaron en lo que sus estómagos se acostumbraban a tener alimento por la mañanas y otros iban con más frecuencia al baño. “Ahora vemos que nuestros pequeños ponen atención, ríen y sueñan, van más allá de su entorno”. En ocho años de trabajo ya tienen 30 adolescentes becados en secundaria, 12 en diversificado y hasta una universitaria. Procedi funciona con aportes de padrinos de Alemania quienes patrocinan ese plato de comida y el pago del docente que los educa.
Son buenos resultados, se complace De León, aunque lo dice con un dejo de tristeza al ver por su ventana el horizonte gris de las apiñadas casitas con techo de zinc. Piensa en los muchos niños que no han sido atendidos, los mismos que corren detrás de un policía en persecuciones como la del miércoles. Pero ya todo es normal allí, para ellos, que están dentro, y para los que están fuera. De León y otros como el padre Manolo Maqueria, dedicado hasta el día de su muerte a los niños que viven debajo del puente El Incienso, creen que la educación es la oportunidad que necesitan para cambiar su futuro.
Pero es tanta la necesidad, y pocos los esfuerzos, que hacen ver este trabajo como vasos de agua dulce arrojados al mar.











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